Entidades y educadores denuncian el vía crucis burocrático que sufren los menores inmigrantes no acompañados

El Ayuntamiento de Barcelona ha monitorizado las vicisitudes de 126 chicos sólo de enero a septiembre de 2016, algunos de los cuales viven en la calle

La Generalitat de Catalunya ponía cifras hace una semana a una realidad en aumento que conocen muy de cerca las entidades sociales que atienden a jóvenes vulnerables: la llegada de menores inmigrantes sin ningún acompañante adulto ha crecido un 50% –un total de 545 contabilizados entre enero y octubre de este año– y sus complejas circunstancias no encajan bien en los circuitos de atención social existentes. Historias como la de Jackson, que explicaba La Vanguardia, que llegó de Haití huérfano y sin recursos. Los albergues para sin techo no resultan adecuados para estos jóvenes de 16 a veintipocos años, algunos de los cuales duermen al raso o en espacios degradados. Cuando les enganchan a un curso de formación profesional se quedan fuera de las prácticas porque Extranjería no les concede el permiso de trabajo. Los que pudieron acceder a centros tutelados pierden de golpe la estabilidad al cumplir 18 años y verse en la calle sin ingresos, sin derecho a trabajar e incluso sin empadronamiento.

Jornada sobre niños y adolescentes extranjeros no acompañados, organizada por el CEESC el pasado jueves en el centro cívico Convent de Sant Agustí (Meritxell M. Pauné)
Jornada sobre niños y adolescentes extranjeros no acompañados, organizada por el CEESC el pasado jueves en el centro cívico Convent de Sant Agustí (Meritxell M. Pauné)

Por todo ello, este martes el Col·legi d’Educadors i Educadores Socials de Catalunya (CEESC) organizó este jueves una jornada completa dedicada a los menores no acompañados. En la apertura institucional, representantes de la Generalitat y del Ayuntamiento de Barcelona anunciaron la construcción de un albergue para jóvenes mayores de edad sin hogar y también para extutelados, justo una semana después del anuncio de la próxima apertura de un centro específico para menores adictos a sustancias –en especial cola– entre finales de año y principios de 2017. Por la tarda, la jornada proseguía sin tantos fashes con el testimonio de técnicos municipales y educadores sociales que viven en primera persona la dificultad de ayudar a estos chicos. Las diferentes intervenciones señalaban déficits comunes, como falta de recursos humanos y económicos para que el acompañamiento sea efectivo y terapéutico o la necesidad de colaboración transnacional.

“Hemos ampliado el servicio más allá de la mayoría de edad, hasta los 21 años, pero tenemos que hacer verdaderos malabarismos porque hay recursos varios para adultos pero no un circuito específico que atienda las necesidades de estos chicos”, reconocía Rubén Valdepeñas. Es uno de los cuatro integrantes del Servicio de detección e intervención en la calle con menores extranjeros sin referentes familiares, del Ayuntamiento de Barcelona. Esta unidad se creó en 1999, con los primeros menores detectados bajo el puente de Marina. Hoy los encuentran principalmente en Ciutat Vella y el Eixample. De enero a septiembre de este año, 2016, ya han atendido 126 casos y esperan cerrar el año con alrededor de 140. La mitad de los expedientes corresponden a mayores de edad, 38 son adolescentes de 16-17 años y solo un 10% tienen 15 años o menos. Raramente se trata de chicas, la emigración en solitario a tan temprana edad es casi siempre masculina. Destaca que el 47% proceden de Marruecos –por facilidad geográfica–, pero también señala que hay una presencia notable de subsaharianos y que el 13,5% llegaron solos desde Pakistán.

Valdepeñas asegura que han notado un claro aumento de llegadas y un recrudecimiento de las adicciones, que sufren el 27% de los jóvenes atendidos este 2016. “Hace un año y medio o dos que el consumo de inhalantes está más alto, hasta entonces eran dinámicas esporádicas”, explica. La creciente visibilidad de los llamados ‘niños de la cola’, tras la aparición en la prensa la pasada primavera, ha generado alarma vecinal y enfada a los educadores porque incrementa la desconfianza de los menores hacia ellos y puede provocar un efecto nimby en la ubicación de los futuros equipamientos sociales. Todos los ponentes coinciden que la cola y cualquier otro tóxico barato son un recurso de evasión que solo usan en periodos de máximo desamparo y que los dejan de lado cuando encuentran una mínima estabilidad física –techo, comida, seguridad– y emocional.

“Por supuesto vemos una realidad sesgada, porque atendemos principalmente a los menores que no han conseguido hacer un buen proceso de integración y han terminado en la calle o en situación de exclusión”, matiza Valdepeñas. En la misma línea, Karmele Equiza de la fundación Adsis relata que solo una veintena de los 250 jóvenes que atienden en las calles de la Sant Pere, la Ribera y el Born responden a este perfil. “Con ellos hay que funcionar muy a demanda, ganárselos atendiendo las necesidades que van expresando, desde un lugar donde ducharse hoy, hasta dónde dejar a buen recaudo su documentación o cómo hacer la colada”, ejemplifica. “Buscamos que tomen la decisión de dejar la calle y entonces movilizamos recursos para encontrarles un techo, ni que sea una pensión de forma provisional”, expone. Sin embargo, lamenta que la Ley de Extranjería española complica gravemente la inserción de estos chicos, porque “no les dan permiso de trabajo hasta casi una década renovando el de residencia y mientras tanto no pueden acceder a los cursos de formación del SOC ni al programa de Garantía Social”. “Ahora mismo tenemos a un chico que se ha mantenido muy firme asistiendo a un curso de camarero, llega con un catering que les contrataría una noche para estrenarse…y él se quedará sin poder ir, por los papeles”, protesta Equiza.

Según Equiza, la presencia de estos chicos deambulando por Ciutat Vella es muy variable –“un día vemos a cinco y al siguiente 20, nunca se sabe”– y no todos viven en la calle. “Lo que más vemos son marroquíes y según oímos han entrado por el sur de la Península escondidos en camiones”, relata. Algunos viven en un piso tutelado con tres o cuatro compañeros más y solo acuden al casco antiguo a ver amigos durante la tarde, otros proceden de centros de menores, en los que son más habituales las fugas de varios días o incluso semanas. Precisamente entre el público una mano alzada pide más recursos para estos centros, donde la convivencia entre los internos es complicada y no se les puede retener porque no es ninguna prisión: “En los centros de menores sentimos mucha presión y se mezclan edades demasiado distintas, niños de 12 años con chicos de 21”, confiesa una técnica, entre gestos de apoyo del resto de participantes. La sala que acoge la jornada, en el centro cívico del Convent de Sant Agustí, está a rebosar de técnicos y educadores.

Una “maleta” llena de papeleo…

“Estos jóvenes cargan cada día con dos maletas muy pesadas: la de la procesión burocrática y su frágil situación personal”, explica metafóricamente Caterina Pons, técnica de la asociación Bayt al-Thaqafa, que surgida en 1974 en Sant Vicenç dels Horts y que ahora trabaja en este municipio y también en el casco antiguo de Barcelona. De los 126 jóvenes monitorizados por la unidad de detección municipal este 2016, el 41% carecía de documentación alguna, al 20% le faltaba el pasaporte –el de su país y por supuesto el español–, el 18% no tenía permiso de residencia y el 9,5% ni siquiera disponía de su partida de nacimiento para acreditar la edad.

“Si ya resultaría complicado para cualquier ciudadano realizar tantos trámites, imáginate pedirle a un chico que duerme en la calle o en algún rincón ocupado que se ponga el despertador, acuda a dos o tres oficinas distintas, rellene bien todos los formularios… Sin acompañamiento es imposible”, coincide Núria Bayona, del Espai Jove de los Servicios Sociales de Manresa. Mucha burocracia, recuerda, todavía hoy es presencial y solo puede hacerse en Barcelona, con lo que hay que añadir al acompañamiento varios desplazamientos y pagar el billete de tren, que usualmente no pueden costearse solos. Además de la tramitación legal, los educadores suelen acompañarles al médico, a empadronarse –los que disponen de un domicilio–, al abogado de oficio… “Si van acompañados sienten que les hacen más caso”, añade Bayona.

…y una maleta de fragilidad emocional

La “maleta” personal consiste, según la experiencia de Pons, en una súbita “incapacidad para vivir de forma autónoma y gestionar su libertad”, a pesar de haber emigrado solos y sorteado numerosos peligros antes de llegar a España. “Vemos caídas en picado… que se convierten en caídas en el olvido”, asegura. Bayona coincide en el diagnóstico: “Se sienten muy solos, porque aunque van mucho en pandillas, cuando tienen un problema estos amigos no les resultan de ayuda”. “También cambian mucho de ciudad, de barrio, incluso se van unos días a Francia y vuelven… Es complicado atenderles si las entidades y administraciones no estamos muy bien coordinados en red”, señala Bayona.

La inestabilidad vital, añade, se traduce a menudo en cambios bruscos de ánimo: “La volatilidad es muy alta, por la mañana lo vemos en la plaza optimista y sereno y a las tres horas igual está súper alterado porque le ha detenido la policía, ha recibido una llamada con malas noticias…”. “Con algunos chavales que estaban muy hundidos nos ha ayudado mucho una oenegé de Tanger, Haima, que hace mediación familiar transnacional”, apunta. Esta colaboración Manresa-Tanger sirve de puente para montar una videollamada con Skype, por ejemplo, o incluso para que visiten a un pariente enfermo y les confirmen o desmientan la sospecha de que está más grave de lo que les cuenta la familia por teléfono. “Es una lástima que no haya más recursos invertidos en este tipo de cooperación, es muy útil”, añade.

Reflexión de presente y futuro

La jornada del jueves surgía de la preocupación que entidades y profesionales habían expresado al Col•legi d’Educadors i Educadores Socials en los últimos meses. “Hacía falta un momento de revisión común sobre qué se está haciendo y qué hace falta, buscando consensos sobre prioridades y necesidades”, resume Xavi Campos, gerente del CEESC y coordinador técnico del encuentro. Entre las principales demandas que les señalan los participantes está “hacer efectivas las redes interdepartamentales” para reducir la burocracia y los tiempos de espera e incrementar los recursos porque es primordial “crear un vínculo personal con cada joven, ganar su confianza y que el seguimiento sea intensivo porque están completamente solos”. Asegura que el anuncio de los dos nuevos centros se ha recibido “con esperanza” pero recuerda que para atender a estos menores hace falta una ratio de profesionales más alta que en otros colectivos.

Por último, señala Campos, está la sobreexposición mediática: “Nos preocupa mucho que la realidad cruda de estos chicos se transmita a la sociedad como un problema, como un conflicto”. “Los vecinos están mucho más alarmados y pueden llegar a generarse rechazo a la apertura de los centros en las ubicaciones en las que más se necesitan”, remacha.

 

MERITXELL M. PAUNÉ

fonte: La Vanguardia